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MITOS Y LEYENDAS - EL LOBIZON


Ubicada en el confín más meridional del continente americano, Argentina es una nación orgullosa de su historia y su cultura, la cual incluye un vasto numero de leyendas a medias confirmadas por avistamientos de pobladores de zonas rurales que dicen haber sobrevivido a la experiencia de encontrarse cara a cara con seres de espanto.

El lobizón

También llamado lobisón, lobisonte o lobisome, es el séptimo hijo varón de una prole exclusivamente masculina (la séptima hija mujer, menor de siete hermanas, será asimismo una bruja), quien los días martes y viernes, sobre todo de los meses impares, sufre una escalofriante transformación: de ser un hombre alto, escuálido, de aspecto negligente y fuerte hedor, deviene una cruza entre perro y lobo, siempre de color oscuro como las tinieblas, que se alimenta de carroña, excrementos, carne de niños y de mujeres jóvenes (por alguna razón, parece sentir poco apetito por los adultos).
El lobisón extiende sus dominios por las provincias de la Mesopotamia argentina (Entre Ríos, Corrientes y Misiones, ubicadas en el sector noreste del país), así como también partes del sur del Brasil y de Uruguay. La única defensa contra el lobizón son las armas, blancas o de fuego, pero bendecidas. Si es herido, se arrastra hasta su cubil, en el que se desangra y muere tras recuperar su forma humana.

 GB NOTA: de niña, cuando algun perro aullaba por la noche en el campo, mi abuela me decia, ahi anda el lobizón no debemos salir al patio... jejeje.

2.-  Nazareno Cruz y el lobo es una película argentina de fantasía-dramática de 1975 dirigida por Leonardo Favio. Fue escrita por Favio y su hermano y frecuente colaborador Jorge Zuhair Jury,1 y basada en el radioteatro homónimo de Juan Carlos Chiappe.

El film protagonizado por Juan José Camero y Alfredo Alcón adapta y explora el mito clásico del Lobizón, uno de los monstruos legendarios de la mitología guaraní. A años de su estreno no solo es considerado un clásico de la filmografía argentina y una obra maestra de Favio, además es la película más taquillera de toda la historia de su país, con un récord de 3,4 millones de espectadores, actualmente disputado por la ganadora del Óscar El secreto de sus ojos.

AQUI PODRAN VER, LA PELICULA COMPLETA:


-
***************
ESCUCHAR AQUI LA VERSION
DEL CUENTO DE HORACIO QUIROGA
NARRADA MAGISTRALMENTE POR
HUGO MARTINEZ TROBO (Narrador Uruguayo)

CLIQUEAR AQUI

EL LOBIZON

Cuento fantastico de HORACIO QUIROGA (1878-1937)



Horacio Quiroga - (Salto, 1878 - Buenos Aires, 1937) Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos.

El lobizón (El lobizón) es un relato fantástico del escritor uruguayo Horacio Quiroga, escrito en 1906 y publicado ese mismo año en la revista Caras y Caretas.
Es uno de los pocos relatos latinoamericanos que explora las leyendas de hombres lobo.
***

Una noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y nos sentamos. El triste silencio del campo plateado por la luna se hizo al fin tan cargante que dejamos de hablar, mirando vagamente a todos lados. De pronto Elisa volvió la cabeza.

—¿Tiene miedo? —le preguntamos.
—¡Miedo! ¿De qué?
—¡Tendría que ver! —se rió Casacuberta—. A menos...

Esta vez todos sentimos ruido. Dingo, uno de los perros que dormían, se había levantado sobre las patas delanteras, con un gruñido sordo. Miraba inmóvil, las orejas paradas.

—Es en el ombú —dijo el dueño de casa, siguiendo la mirada del animal. La sombra negra del árbol, a treinta metros, nos impedía ver nada. Dingo se tranquilizó.
—Estos animales son locos —replicó Casacuberta—, tienen particular odio a las sombras...

Por segunda vez el gruñido sonó, pero entonces fue doble. Los perros se levantaron de un salto, tendieron el hocico, y se lanzaron hacia el ombú, con pequeños gemidos de premura y esperanza. Enseguida sentimos las sacudidas de la lucha.

Las muchachas dieron un grito, las polleras en la mano, prontas para correr.

—Debe ser un zorro: ¡por favor, no es nada! ¡toca, toca! —animó Casacuberta a sus perros. Y conmigo y Vivas corrió al campo de batalla. Al llegar, un animal salió a escape, seguido de los perros.
—¡Es un chancho de casa! —gritó aquél riéndose. Yo también me reí. Pero Vivas sacó rápidamente el revólver, y cuando el animal pasó delante de él, lo mató de un tiro.

Con razón esta vez, los gritos femeninos fueron tales, que tuvimos necesidad de gritar a nuestro turno explicándoles lo que había pasado. En el primer momento Vivas se disculpó calurosamente con Casacuberta, muy contrariado por no haberse podido dominar. Cuando el grupo se rehizo, ávido de curiosidad, nos contó lo que sigue. Como no recuerdo las palabras justas, la forma es indudablemente algo distinta.

—Ante todo —comenzó— confieso que desde el primer gruñido de Dingo preví lo que iba a pasar. No dije nada, porque era una idea estúpida. Por eso cuando lo vi salir corriendo, una coincidencia terrible me tentó y no fui dueño de mí. He aquí el motivo.

Pasé, hace tiempo, marzo y abril en una estancia del Uruguay, al norte. Mis correrías por el monte familiarizándome con algunos peones, no obstante la obligada prevención a mi facha urbana. Supe así un día que uno de los peones, alto, amarillo y flaco, era lobisón. Ustedes tal vez no lo sepan: en el Uruguay se llamaba así a un individuo que de noche se transforma en perro o cualquier bestia terrible, con ideas de muerte.

De vuelta a la estancia fui al encuentro de Gabino, el peón aludido. Le hice el cuento y se rió. Comentamos con mil bromas el cargo que pesaba sobre él. Me pareció bastante más inteligente que sus compañeros. Desde entonces éstos desconfiaron de mi inocente temeridad. Uno de ellos me lo hizo notar, con su sonrisita compasiva de campero:

—Tenga cuidao, patrón...

Durante varios días lo fastidié con bromas al terrible huésped que tenían. Gabino se reía cuando lo saludaba de lejos con algún gesto demostrativo.

En la estancia, situado exactamente como éste, había un ombú. Una noche me despertó la atroz gritería de los perros. Miré desde la puerta y los sentí en la sombra del árbol destrozando rabiosamente a un enemigo común. Fui y no hallé nada. Los perros volvieron con el pelo erizado.

Al día siguiente los peones confirmaron mis recuerdos de muchacho: cuando los perros pelean a alguna cosa en el aire, es porque el lobisón invisible está ahí.

Bromeé con Gabino.
—¡Cuidado! Si los bull-terriers lo pescan, no va a ser nada agradable.
—¡Cierto! —me respondió en igual tono—. Voy a tener que fijarme.

El tímido sujeto me había cobrado cariño sin enojarse remotamente por mis zonceras. Él mismo a veces abordaba el tema para oírme hablar y reírse hasta las lágrimas.

Un mes después me invitó a su casamiento; la novia vivía en el puesto de la estancia lindera. Aunque no ignoraban allá la fama de Gabino, no creían, sobre todo ella.

—No cree —me dijo maliciosamente. Ya lejos, volvió la cabeza y se rió conmigo.

El día indicado marché; ningún peón quiso ir. Tuve en el puesto el inesperado encuentro de los dueños de la estancia, o mejor dicho, de la madre y sus dos hijas, a quienes conocía. Como el padre de la novia era hombre de toda confianza, habían decidido ir, divirtiéndose con la escapatoria. Les conté la terrible aventura que corría la novia con tal marido.

—¡Verdad! ¡La va a comer, mamá! ¡La va a comer! —rompieron las muchachas.
—¡Qué lindo! ¡Va a pelear con los perros! ¡Los va a comer a todos! —palmoteaban alegremente.

En ese tono ya, proseguimos forzando la broma hasta tal punto que, cuando los novios se retiraron del baile, nos quedamos en silencio, esperando. Fui a decir algo, pero las muchachas se llevaron el dedo a la boca.

Y de pronto un alarido de terror salió del fondo del patio. Las muchachas lanzaron un grito, mirándome espantadas. Los peones oyeron también y la guitarra cesó. Sentí una llamarada de locura, como una fatalidad que hubiera estado jugando conmigo mucho tiempo. Otro alarido de terror llegó, y el pelo se me erizó hasta la raíz. Dije no sé qué a las mujeres despavoridas y me precipité locamente. Los peones corrían ya. Otro grito de agonía nos sacudió, e hicimos saltar la puerta de un empujón; sobre el catre, a los pies de la pobre muchacha desmayada, un chancho enorme gruñía. Al vernos saltó al suelo, firme en las patas, con el pelo erizado y los bellos retraídos. Miró rápidamente a todos y al fin fijó los ojos en mí con una expresión de profunda rabia y rencor. Durante cinco segundos me quemó con su odio. Precipitóse enseguida sobre el grupo, disparando al campo. Los perros lo siguieron mucho tiempo.

Éste es el episodio; claro es que ante todo está la hipótesis de que Gabino hubiera salido por cualquier motivo, entrando en su lugar el chancho. Es posible. Pero les aseguro que la cosa fue fuerte, sobre todo con la desaparición para siempre de Gabino.

Este recuerdo me turbó por completo hace un rato, sobre todo por una coincidencia ridícula que ustedes habrán notado; a pesar de las terribles mordidas de los perros —y contra toda su costumbre— el animal de esta noche no gruñó ni gritó una sola vez.

Horacio Quiroga (1878-1937)

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